En Barranquilla llevamos un siglo entero celebrando el ser corroncho...

y de la segunda ciudad de Colombia pasamos a un corronchísimo séptimo lugar, qué vaina...Diego Marín. El Heraldo.

sábado, 5 de diciembre de 2009

El tiempo apremia

Con la puntualidad, que para nada caracteriza el servicio de transporte aéreo colombiano –y eso que el origen de éste es colombo-alemán- arribé a la ciudad de Barranquilla el 3 de diciembre, en horas de la noche. Sin embargo, desde el mismo momento que tome mi silla, la 28B, la verdad, como creían los griegos, se reveló ante mis ojos: películas, series de televisión, novelas, noticieros, juegos, etcétera.

No era un bus intermunicipal con películas repetidas. No. Estaba viajando en la última adquisición de la otrora aerolínea barranquillera, Avianca. ¿Otrora?..Si, porque desde hace algunos años, Avianca no representa, ni tendría porque hacerlo, alguna suerte de símbolo de identidad o de significado costeño, en especial barranquillero.

He allí el problema. No es nuestra. En el imaginario colectivo barranquillero, AVIANCA no quiere decir más de lo que puede significarle a una persona que viva en Oporapa, Sibundoy, Mitú, Puerto Inirida o Puerto Carreño, de contado que es posible el hecho de que para los pobladores de estas regiones dicha aerolínea no represente algo.

Quisiera hoy, con la alegría que me da saberme hijo de estas exquisitas tierras barranquilleras, empezar a dar cuenta de un gravísimo problema; el olvido, evasivo o selectivo -al fin y al cabo olvido- de nuestra identidad, de nuestra tradición, de nuestra esencia; en últimas, de nuestro sentido y nuestra razón de ser como comunidad costeña, caribeña por lo demás, sinónimo de mestizaje racial y cultural.

Este olvido esta íntimamente relacionado con una necesaria condición de inferioridad cultural, expresada en el hecho de que aceptamos al paisa y al rolo como superiores a nosotros.

Es así, entonces, como la única causa de haber dejado de ser epicentro de comercio, de negocios, de desarrollo industrial, de intelectualidad, de desarrollo arquitectónico, de innovación tecnológica, de alianzas políticas regionales supra-partidistas –La Liga Costeña de 1919-…somos nosotros.

El cachaco y el paisa, siguiendo a mi compañero Tomas Molina, “simplemente se ha aprovechado de nuestra bajeza”. Es hora de cambiar. El tiempo apremia.

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